POESÍA

Los huesos no responden
al acto de una escena peturbadora
yacen tirados al impacto de una noticia: sólo miseria.

Intento pararme y resbalo
en la sangre que he derramado,
trato de nuevo y ni un peldaño camino hacia la cumbre.

Busco unas manos salvadoras
que levanten mi espíritu inerme
y te encuentro a tí, que me rescatas
que me das a beber de tu savia
para que la vestimenta gris luzca opulencias.

Ahora sí respondo contra espinas y calvarios
porque estoy desnudo junto a tí
dispuesto a continuar
el próximo capítulo de los hombres.

(1992).

DESPUÉS DE...

Si ustedes supieran lo que guardo en el morral
en verdad que cada uno encontraría la parte que le corresponde.
Recuerden
estuve en cualquier rincón.
Pero, no teman, reciclaré el desperdicio
para revestirles con una nueva textura.

Cierto
un extraño en la ciudad de los fetiches
que me creyeron marciano
objeto de estudio:

Patadas
Escupitazos
Tortura
Silla eléctrica.

Jamás cenizas
siempre luz sobre mesas.

A pesar de todo.

(1992).

Al principio
lejanías acaracoladas en el horizonte invisible
El sinsentido azaroso de una como leche angelical
El bastón de la ceguera alabeando el contorno de lo sinvida
El esbozo de un corazón donde se asoma tímidamente la luz de lo muy lejos
Lo que nunca fue imaginado por la pequeñura sin fin
¡Cierto!
El camino de la noche ha sido escabroso en las calles de lo lejano, en las calles donde el farol anuncia siempre su abandono
Pero las cosas pasan
y un día cualquiera la linterna polvorienta alumbró en el hibernadero de la arboleda pequeña

Pasos lentos con la baba lechosa en los labios de un loco cavernario cambiando siempre el sentido de las puertas
donde se encuentra el esplendor de mi alejamiento. Donde
no envejecen las luces de madera.
Las rendijas donde se hospeda el impensable murmullo de
árboles algodonados. Donde el prodigio de nuestra
hechura minúscula es la diáspora amorosa de la cinta
perdida que emigró de lo muy lejos.

Pero las cosas pasan
y el aire nos recuerda las primeras formas de las pequeñeces en el fondo de los caracoles sordos, en el desenrrolladero donde comenzó la historia de los Toraluces apagados. Donde se guarda el olor de las ausencias, donde se esboza cualquier nombre en un lejano eco
Donde descansa la impensable mirada azarosa;
el rocío donde se arquea la fantasmagórica lentitud de la rareza
Sí,
las cosas pasan
y uno es charcura de luces claroscura por dentro;
estanque vacío de perfumes sedosos
que algún día —nadie sabe cuál, sólo el libro invisible de lo muy lejos—
sembraron unos labios solitarios y lejanos.