(Si me preguntan quien soy, les mostraré un libro) [En el día mundial del libro]
¿Cómo comenzar esta historia de lectura, cuando la decisión de embarcarse en la odisea ha sido un poco tardía?
Pertinente sería que a partir del deseo humano de contar y ser escuchado en su historia que da la experiencia de un lector de literatura, que si bien es cierto, llegó después de las primeras dos décadas y media de existencia de manera decisiva, la tardanza no siempre representa la tardía. Pues la lectura literaria ha sido y sigue siendo parte fundamental en mi forma de ser, de ser en el mundo de la cotidianidad, de concebir el mundo con una mirada diferente, más placentera que la de un lector de textos de ingeniería.
Y, es que frente a los valores humanos que propone la tecnología, quiero decirles que están los de la literatura como una forma de equilibrio espiritual en el hombre. Frente a la imposición de ver el mundo únicamente con los ojos de la técnica a través del ritmo acelerado del instante; ante la actitud del hombre que pasa horas frente al televisor, la computadora o el consumismo, la lectura de un texto literario, su interpretación y comentarios me ha llevado a reflexionar críticamente. La literatura, el libro, la lectura, medio de expresión que permite percibir, analizar e interpretar el o los mensajes de una sociedad con una cultura superindustrial cuyo ejemplo característico, es el consumismo.
La literatura que ha sido un modelo importante en mi formación humanística, que los libros de ingeniería no me aportaron hace veintiocho años. Pues, cualquier lectura literaria, es una forma que nos conduce a detenernos por unos instantes y vivir la experiencia del ser que somos, en medio de la celeridad exterior donde vivimos.
Así, la historia que aquí cuento, tiene el deseo y la voluntad de compartir, con ustedes lectores, cómo la lectura ha cambiado mi vida. Mostrarme lo que soy a partir de lo he leído.
La maestra Chelina
Nací en el Centro Histórico de la ciudad de Villahermosa, en el último mes del año, a tres días de la década de los 60,s donde comenzaba la loma de la avenida; entre pupitres y pizarras tiznadas por el gis que deslizaba la mano mañanera de la maestra Chelina(la tía Marcelina, hermana de mi papá), preparándose como parte del ritual diurno para comenzar las clases en su escuelita. En su casa de Zaragoza, donde pasé gran parte de mi infancia y mi adolescencia. Donde aprendí a leer y a escribir a la edad de cinco años; donde tuve mi primer acercamiento placentero con el español y las matemáticas. Primogénito placer, por cierto, que esbozó las veredas por las que habría de caminar mas adelante y, tomar una decisión muy difícil entre uno u otro camino: entre la literatura o las matemáticas. Créanme, no fue y ha sido nada fácil hasta el momento. La lucha ha sido existencialmente cruenta; pero a mis cuarenta y ocho años de edad, he tratado que estos dos caminos no se bifurquen demasiado, y congenien de manera unitaria aunque sustancialmente me he decidido por lo que hoy soy: lectura, literatura, libro.
Cierto es que en la escuelita de la maestra Chelina; libros, lo que se dice libros, no había en demasía, digamos, que uno podía encontrar, por ejemplo, el libro mágico y, un librerito pequeño en el rincón de unas de las recámaras, que se transformaba por las mañanas en salón de clases. Creo, si no distorsiono la nostalgia infantil, que este rincón fue mi primer descubrimiento de que existían más libros que el sólo mágico donde aprendí a leer y escribir.
La tía nervios
Pero en realidad, donde si había libros, y en demasía, era a la vuelta de la esquina, a dos cuadras de la escuelita. Pues allí se encontraba la Biblioteca José Martí, donde trabajaba de bibliotecaria, la tía nervios, hermana mayor de la maestra Chelina y de mi padre. Biblioteca que hoy en pleno siglo XXI conserva casi intacta esa su presencia de aquellos tiempos de niñez.
No recuerdo a ciencia cierta como fui a parar un día a ese agradable lugar; pero lo cierto es que heme ahí un día a todo platicar con la tía nervios. De qué, no recuerdo, aunque ello no es importante ahora a pesar de las largas e interesantes charlas; pues la tía daba mucha confianza en ello. Eran pláticas casi diarias y, entre la chance y la risa, me fui ganando el derecho de permanencia, logrando su autorización a mi curiosidad de explorar lo que había detrás de esa puerta de lámina donde ella solo tenía autorizado entrar: claro, seguro que libros, pero, ¿qué tipo de libros y cuál su importancia de resguardarlos entre paredes de láminas?
El misterio era tan fuerte para mi edad, que un día al fin abrí la puerta con cierto sigilismo, que desde luego fui venciendo a medida que el asombro crecía al descubrir la inmensidad de libros colocados en los enormes estantes de por lo menos cuatro metros de altura por unos veinte metros de largo, en realidad todo lo largo del edificio. Libros de todos los tamaños y ropajes.
¿Por dónde empezar la aventura? La exploración única en mi vida y, lo mejor que me ha pasado hasta ahora, era a lo largo y a lo ancho de los estantes auxiliado por una escalera de madera para leer los libros que se encontraban en lo alto de los estantes. La mayor parte, si no es que siempre, sentado sobre el piso sin que nadie molestara, pues que coincidencia, la tía nervios pocas veces accedió a buscar un libro que algún lector le solicitara. Yo simplemente entraba al pacillo o lo que en aquél entonces representaba para mí; una agradable cueva donde fantasmas y sombras eran despertados al momento de abrir uno, dos o los libros que la curiosidad tuviera en esos momentos. Fue una exploración que duró alrededor de los quince años, pues mi niñez tomó otros rumbos; entre los cuales puedo mencionar el inicio de la juventud y el futuro con sus nuevos recovecos de madurez, así como el cambio de residencia junto a mis padres. Sin embargo el camino sobre la importancia de la lectura, estaba trazado. Y, bueno, a pesar del cambio de estancia, yo seguía frecuentando tanto a la tía Chelina como a la tía Andreíta, aunque con menos frecuencia.
Entre radionovelas, béisbol, lucha libre y una que otras historietas.
En la casa de mis padres lo que menos había eran libros. Lo más que se le parecían eran las famosas historietas de Memín Pingüín y las del caballero del turbante blanco, llamado Kalimán el hombre increíble, y las preferidas de papá, los crucigramas, que a la fecha sigue siendo un aficionado o experto en ellos. La revista preferida por mí, desde luego: Kalimán. ”Caballero con las damas, tierno con los niños e implacable con sus enemigos”.
Revistas, que pidiéndole permiso al canon de la lectura literaria, contribuyeron, como sea, en mi formación lectora, cuando de niño me la pasaba con mis padres los fines de semana, antes de irme a vivir con ellos a la edad de los quince años.
De mi madre en igual forma que mi padre, tampoco tengo recuerdos de haberme leído un libro o hablarme acerca de ellos. Pues la odisea hacia donde ella me llevó fue a través de las ondas herzianas. No había un día que no escuchara esas voces cubanas, preciosas y deleitosas, a mis oídos; la de Charito y su galán, personajes de la radionovela “el derecho de nacer”; entre uno que otro viaje por las escenas del espectáculo artístico.
Cuando llegué a vivir con ellos, de manera definitiva, otro era el ambiente, bueno, biológicamente era normal, y, académicamente, había terminado los estudios secundarios; así iniciaba los estudios preparatorios y al terminar estos debía de elegir el camino universitario, no sé por qué pero en lugar de tomar el camino que me conducía hacia la literatura; elegí el que más se acercaba al de las matemáticas, el camino de la ingeniería. Sin embargo había algo allí que hacía que el tránsito no fuera tan fluido, porque el eco de las lecturas de mi niñez retumbaba con intensidad entre las paredes de láminas donde pasé mis mejores días. Terminé mi carrera de ingeniero; ejercí sólo por dos años y medio, pero esto me sirvió para ubicar el camino que debí tomar de siempre, los senderos de la lectura, las veredas de la literatura. A los veinticinco años, cuando obtuve el grado de ingeniero; vino, de allí en adelante, el reencuentro con la lectura, el descubrimiento de una nueva experiencia lectora: la Biblia. Un camino nuevo, que abrió a mi madurez, los senderos más sólidos a mi vida.
Por ello, si hoy me preguntaran quien soy, les diría, lectura.
